martes, octubre 09, 2007

Excelente artículo sobre free jazz mexicano publicado en Reforma

"Liberan su espíritu: A través del free jazz, músicos mexicanos sostienen una tradición que rompe todas las reglas"

Afirman músicos que el free jazz desarrolla facultades perceptuales

por: María Eugenia Sevilla

Ciudad de México (8 de octubre de 2007).- Cuando Germán Bringas y Gabriel Lauber se juntaron a tocar free jazz por primera vez, en sus mentes se obturaron formas de percepción extraordinarias, como en una práctica de meditación avanzada o un viaje sicotrópico: el primero vio cómo los cuerpos de ambos eran atravesados por un rayo de luz que los conectó telepáticamente.

"En el momento en que 'entramos' ya soy él, sé todo lo que va a hacer en la batería y en qué momento", relata Bringas, quien con Lauber y el bajista Itzam Cano integra el trío de free jazz Zero Point.

"Para mí esto es seguir una energía solar, yo le llamo así por el tipo de visiones que tengo cuando estoy tocando, una vez que la mente se silencia".

La extática vivencia descrita por el saxofonista no es la primera, ni la última, que un ejecutante refiere haber experimentado al arrojarse al precipicio irracional de esa música paroxística caracterizada por la improvisación libre y la disolución de los elementos que definen a la música misma: ritmo, melodía y armonía.

Sin duda sospechoso para el escéptico, el alunado discurso de estos artistas no es, sin embargo, ajeno a la historia del free jazz: ya entre los impulsores de esta corriente surgida en Estados Unidos a fines de los años 1950, el genio autonombrado Sun Ra había sido tildado de loco por sostener, entre otras ideas "excéntricas", que estaba en sintonía con las vibraciones de la naturaleza.

Tampoco era fortuito que una de las disqueras que grababa al saxofonista Albert Ayler, se llamase ESP, por las siglas en inglés de "percepción extrasensorial".

Trascendido el ánimo contestatario que, ante los conflictos raciales que se vivían en Estados Unidos, originó una diversidad de formas musicales desarrolladas por jazzistas negros, unificada en torno a 1960 por el término free jazz; el género ha sido, a la par de una experimentación formal, un vehículo de búsqueda espiritual.

"Esta fue la experiencia que tuvo toda una generación de músicos en los 60, que los hizo cambiarse al sufismo y a diferentes corrientes de pensamiento; llegaron a un punto donde su experiencia de la música era totalmente espiritual, porque la percepción la tenían muy abierta", considera Bringas, quien a través de su creación afirma ampliar ciertas prácticas perceptuales, de corte chamánico, legadas por Carlos Castaneda.

En un tenor similar, otros músicos mexicanos como Remi Álvarez, Marcos Miranda, el canadiense radicado en México Darrell Zimmerman y Lauber, dicen cultivar el free jazz --entre otras formas de improvisación libre--, porque en ello encuentran un placer único ligado a la expansión de la consciencia.

"Es el chi, energía cósmica. De ahí viene. Con esta música aprendes de la vida, acerca de ti, porque con ella se pueden abrir puertas", sostiene Lauber.

"El sonido viene del cuerpo; pero la música no se puede saber de dónde, porque en el momento en el que está uno tocando, el mundo material, el tiempo y el espacio, dejan de existir", considera Remi Álvarez, quien forma parte del grupo Cráneo de Jade, y con Lauber e Itzam Cano, integra el trío de free jazz Antimateria.

Miembro del ensamble Sociedad Acústica de Capital Variable, Miranda destaca como parte medular del free jazz la "manifestación del poder" que descubrió desde niño al escuchar a Ascension, una de las obras cumbre de John Coltrane, quien convertido al sufismo, desarrolló este tipo de creación como un camino de autoconocimiento.

"Coltrane para mí, antes que músico era un místico. El free jazz en el que no encuentro eso se me hace hueco", comenta el también adepto al sufismo, quien se refiere a esta experiencia estética como "chamánica" en tanto sus sonidos "despiertan ciertos grados de conciencia en quienes la presencian".

A menudo estridente, agresivo, el free jazz resulta insoportable o al menos incomprensible para quienes pretenden escucharlo con los mismos oídos que se prestan a creaciones más ordenadas y a la música de fondo.

Exacerbada por golpes, alaridos, ruidos y sonidos creados con instrumentos alterados y objetos diversos, la naturaleza caótica de esta expresión la vuelve, además, botín fácil para el cliché y la charlatanería, advierte el pianista Francisco Téllez, institución del jazz nacional.

Quizá por eso el free jazz ha sido siempre marginal, pese a que, a mediados de los 90, comenzó a cobrar reconocimiento mundial entre el público melómano, las disqueras y los programadores de festivales, apunta Miranda, quien pronostica que en 20 años ya formará parte del establishment.

Introducido a México en los años 60 por el saxofonista mexicano Henry West, el free jazz nunca fue aceptado en los bares donde imperaba la moda "bonita" del bossa-nova y Dave Brubeck, recuerda Téllez, a quien incluso en el New Orleans le estaba vedado freejazzear.

"Si querías conservar el trabajo, tenías que reprimirte", refiere.

Dos décadas más tarde sucedió lo mismo: Álvarez, Lauber y Miranda aseguran que en esta ciudad han sido bajados del escenario, en dos de los clubes de jazz más in, no por el público, sino por sus propietarios.

"O hemos ido a un lugar a tocar y no llega nadie", abunda Miranda, quien lamenta que los clubes, a su juicio, existan para vender alcohol y tengan a los músicos como empleados.

Es así que, fuera de las casas particulares de los músicos, la academia y de algunos festivales, el único espacio donde la experimentación freejazzística tiene lugar en el DF, coinciden los entrevistados, es el Café Jazzorca, fundado por Bringas hace 12 años, quien hace cuatro le dio un giro más atento hacia la música improvisada.

Incrustado frente a un paso a desnivel entre Municipio Libre y Tlalpan, este agujerito de decoración descuidada, que no vende alcohol, se ha mantenido abierto milagrosamente, pues estando en una megaurbe de 25 millones de habitantes, tiene a veces más personas arriba del escenario que abajo --y algunas noches, los de abajo son los mismos que intercambian lugares con los de arriba.

Un cover de 50 pesos, una paga mínima a los músicos y tres becas del Fonca le han permitido a Bringas sortear las necesidades económicas del lugar, que además es su propia casa: él vive en la parte trasera, entre un desorden instrumentos, documentos musicales y una computadora vieja que le permite hacer webcasts en vivo.

Bringas lo sostiene porque lejos del dinero, es su forma de vida, una que comparten los músicos que le siguen insuflando aliento al espacio por el puro gusto de hacer esa música.

"Esto no existe en ninguna parte del mundo", observa Zimmerman. "Aquí toco free jazz cada quince días, mucho más que en Vancouver o Chicago".